Viajo, amo y escribo
De París a las Mil y una Noches

Mi novio quedó sentado en una de las salas de la Escuela de Filosofía de París, luego de nuestra discusión. Leyendo con su indiferencia habitual.
No sospechó que sería la última vez. Hicimos este viaje un mes antes de casarnos y ahora, luego de mi gran desilusión lo abandonaba para siempre.
Salí caminando hacia nuestro pequeño hotel en el Barrio del Marais. La rabia nublaba todo intento de reflexión, el sentimiento de haber sido tratada con tan poca deferencia no me permitía planificar el paso siguiente.
Hice mi equipaje como autómata y salí del hotel rumbo a la Gare d'Austerlitz. Fui directamente al correo a poner un telegrama a mi madre:
“Matrimonio cancelado. Vuelvo en dos meses. Cariños. Maggie”.
Arrastrando mi maleta y mi estado de ánimo, me detuve ante un panel y leí:
Paris-Limoges, Paris-Orleans, Paris-Barcelona…
Recordé adonde vivían mis amigas y ex compañeras de colegio: Laura en Londres, Lilian cerca de Amsterdam, y Marta en Algeciras… eso me gustó, cerca de Marruecos...
La llamé de inmediato. Se sorprendió al enterarse que me había convertido en ¡una novia fugitiva! Luego de una breve explicación en la que me ofreció alojamiento, acordamos nuestro encuentro y compré mi pasaje.
Tomé el tren nocturno Paris/Madrid. Me encontraba tan alterada que no dormí ni una hora. Me senté en el salón comedor a fumar y a escribir y así me encontró la mañana.
En la Estación Atocha de Madrid un chocolate caliente y unos panecillos fueron testigos de mis cavilaciones: mientras en Lima los partes para mi matrimonio estaban entregados hacía un par de meses, los regalos colmaban el salón de la casa y el vestido de novia colgaba en mi closet, yo esperaba un tren hacia una ciudad desconocida, huyendo literalmente de mi destino, dispuesta a volver solo después de la fecha de mi recién cancelada boda.
Llegué a Algeciras al atardecer. Marta y Cristóbal me esperaban en el andén y nos encaminamos a su casa en el Barrio de San Isidro. Reunirme con mi amiga de la infancia serviría para paliar mi estado de ánimo decaído por los recientes acontecimientos vividos en Francia ¡no es broma dejar a un novio plantado en París a un mes de la boda!
Mientras ellos preparaban tortilla con choricillos y calamares apanados, me ofrecieron un tempranillo bastante bueno y conversamos de mi reciente percance, por decirlo de alguna manera. Cristobal era bastante mayor que nosotras por lo que me dedicó algunas palabras de consuelo, esas que hablan de que es mejor darse cuenta de la realidad antes de casarse, todo dentro de un tono cordial y ameno, lo que hizo que él me cayera muy bien, mientras paralelamente el trempranillo iba haciendo su labor.
Una de las cosas que mejor me sonó fue que invitaron a viajar a Tanger con ellos, me serviría de distracción, dijo Laura.
Apenas probé la comida, lo que sí hice fue tomar ese vino delicioso, por lo que después de la segunda copa, mi malestar fue cediendo dando paso al cansancio, y pronto caí rendida en el sofá.

Iríamos a Tanger porque Cristóbal vendía ropa y objetos marroquíes en su tienda y vería a sus proveedores.
Aunque desde siempre he querido llegar a Marruecos y era como un sueño realizado, tampoco estaba en mi mejor momento, sin embargo el estar con mis amigos me daba ánimos.
Embarcamos en el ferry por el Estrecho de Gibraltar hacia el puerto de Ceuta. Continuamos nuestro camino por rutas terrosas hasta llegar a Tánger. Dejamos nuestro equipaje en un lujoso hotel y nos apresuramos a ir al centro de la ciudad. El mejor cliente de Cristóbal salía de viaje y debía encontrarlo a esa hora.
La tienda “Farid” era una de las más grandes de la ciudad, con muros repletos de telas por metros, túnicas bordadas a mano, encajes y sedas. Llegados allí Cristóbal nos dejó libres eligiendo vestidos. Mientras caminaba por un pasillo, pensaba que mí vestido corto y escotado desentonaba con las túnicas que lucían las mujeres que visitaban la tienda, que además llevaban un velo que cubría su rostro.
En uno de los pasillos miraba un vestido de fiesta, y no alcancé a descolgarlo cuando un hombre me ofreció su ayuda. Vestido de impecable blanco, tez morena y ojos penetrantes, el hombre me habló:
-Can I help you?
-No, thank you
De pronto apareció Cristóbal.
-¡Farid! I am looking for you!
Se abrazaron efusivamente, y entendí que era el dueño de la tienda.
Cristóbal nos presentó, e iba a explicarle a su amigo quien era yo y presentarnos, pero este hombre me miraba tan fijamente que me sentí turbada y me alejé, buscando rápidamente a mi amiga para volver al hotel.
A continuación Cristóbal me buscó alcanzándome en uno de los pasillos:
-Maggie, Farid quiere conocerte, tomar una copa mas tarde.
-Lo siento amigo mío, acabo de romper con mi novio, no tengo ánimo para conocer nuevas amistades masculinas.
-Claro, lo entiendo y le diré. Aprovecho de darte una noticia que te va a alegrar: estamos invitados a una fiesta, supongo que Marta te contó.
-¿A una fiesta? ¿Y de qué se trata? –pregunté.
-Mañana salimos temprano hacia Fez, a la casa de Armin, gran amigo y compañero de la universidad. Su padre, Jeque de Fez invita a una fiesta con motivo del regreso de su hermano de Italia luego de veinte años. Son eventos cerrados, por lo que pedí a Armin agregarte en lista de invitados. Solo ahora me confirmó.
-No te preocupes, los acompaño y me puedo quedar en el hotel, no tengo ganas de ir a una fiesta.
-No, no, no. Primero: no te dejaremos sola, y segundo: esta fiesta durará tres días, y alojaremos allí.
-¿Tres días? Debe ser broma.
-No. Estas fiestas son así. Comes, bebes y bailas, y tienes tu habitación, de modo que si en un momento no deseas participar, no lo haces.
No lo podía creer. No sólo estaba en Marruecos, ¡además estaba invitada a la casa de un Sultán a la fiesta de las Mil y una Noches! O era Jeque? Para los efectos daba lo mismo.
Luego de almorzar, lo único que quería era recostarme y no ver a nadie.
Al entrar a mi habitación, me llegó violentamente el olor de las flores. El espectáculo me dejó sin habla. En cada rincón había ramos y arreglos florales de todos tipos y formas.
Sin entender, y pensando que era un error, llamé a Marta a la habitación contigua y quedó boquiabierta nada más entrar. Comenzamos a abrir las tarjetas, todas con distinto mensaje pero finalizando así:
“To the most beautiful woman” Farid
El dueño de la tienda.
No acertaba a comprender cómo este hombre al que había visto un momento ¡podía estar tan motivado para enviar esta declaración floral!
Momentos después entró Cristóbal diciendo:
-¿Pero qué es esto? ¿Por qué hay tantas flores aquí?
-Eso quería preguntarte, si tu amigo es tan enamoradizo que siempre hace esto...
-¡No! Es soltero y muy serio. No sé mucho de su vida personal. Venía a decirte que tengo muchos recados suyos pidiendo vernos, ¡más exactamente verte a ti!
-¿Pero qué significa esto? Yo no estoy disponible para reunirme con nadie, ¡y no me hace gracia que me mande esta colección de flores que tendré que sacar ahora antes de morir asfixiada!
-Tranquila, hablaré con él. Recuerda que en estos países las mujeres no tienen opinión, él piensa que con hablar conmigo basta para reunirse contigo cuando quiera.
Pedí telefónicamente que retiraran las flores, y acordamos descansar para salir a dar un paseo al caer la tarde.
Tres horas después, bajé para reunirme con mis amigos en el lobby, y lo primero que vi fue a Cristóbal en el bar del hotel ¡conversando con Farid!
Estaba a punto de devolverme, cuando mi amigo me llamó:
-Maggie, no te enojes, él quiere conversar contigo antes de salir al aeropuerto.
-Bueno, pero tú no te muevas de aquí, dile que no hablo inglés.
Cristóbal dijo:
-Dice que eres la mujer más hermosa que ha visto.
Yo asentía, sin replicar ni creerle nada.
-Dice que todas las flores que pudiera enviar no hacen honor a tu belleza... que te verías muy linda con una túnica bordada en oro y con un velo cubriendo tu rostro, resaltando tus bellos ojos… Lamentablemente debe viajar en tres horas, pero que si se lo pides, pospone el viaje y se queda con nosotros.
Pedí le dijera que yo no tenía interés en él, que recién había roto mi compromiso y mi ánimo no era de lo mejor.
Parece que no entendió nada, porque siguió hablando, sin dejar de mirarme:
-Dice que tiene que hacer una declaración... hasta ahora no se ha casado porque no ha conocido una mujer digna. Quiere la dirección de tu padre para pedir tu mano.
No supe si enojarme o reírme a carcajadas, no podía creerlo... ¡esto no me estaba pasando a mí!
Cristóbal le explicaba la mentalidad en nuestros países, pero él movía la cabeza.
-Dice que comprende lo que le digo, pero que tu padre es la única persona con la que quiere hablar, ya que él es quien le puede dar tu mano. Me pide si le puedo dar su dirección.
-Este tipo está loco de remate. ¡Mi padre con lo celoso que es, seguramente me va a dar en matrimonio a este marroquí!
Cristóbal le dijo que se la mandaría, tras lo cual él se paró, tomó mi mano, y besándola me dijo:
-I will go to Lima to see you soon.
Tomó su elegante maletín y se dirigió hacia la entrada del hotel donde lo esperaba su limusina para llevarlo al aeropuerto.

Al día siguiente llegamos a Fez al caer la tarde y nos dirigimos directamente a la casa de Armin Rashid.
Las mujeres locales vestían elegantísimos vestidos tradicionales y todas cubrían su rostro con un velo del mismo color de su ropa.
Algo curioso era que los hombres estaban en un salón… y las mujeres en otro. Ellas hablando muy quedo, por temor a provocar miradas de censura de sus maridos.
Un hombre grueso vestido de negro iba anunciando la llegada de los personajes ilustres. Como el idioma era desconocido, no podíamos entender quiénes eran esas personas tan importantes que llegaban. Al cabo de una hora el hombre anunció a alguien que produjo un silencio total.
-Es el hermano que viene de Europa, el invitado de honor.
Al fondo del salón, estaba parado un hombre de barba y mirada apacible. Me llamó la atención su gran colgante de oro del cual colgaba un rubí triangular.
Cuando se abrió la puerta entró un hombre alto, vestido en forma occidental pero con algo que denotaba su origen. Sobre una camisa blanca sin cuello pendía un colgante de oro con rubí triangular, igual al de su hermano.
Fue un abrazo tan emotivo que ninguno de nosotros quedó indiferente.
Una música cadenciosa invadió el ambiente y a continuación se abrieron las puertas a salones donde se ofrecían manjares diversos, pescados, frutos de mar, carnes, aves exóticas y variedad de ensaladas, semillas, aceites y nueces.
Bordeando el jardín estaban los postres: los colores de las frutas frescas contrastaban con los oscuros de los dátiles y chocolates. Estos se mezclaban con las masas de hojaldre de diversas formas, rellenas con nueces y miel.
Se oían grupos musicales en distintos salones, y buscándolos pasé frente a una puerta custodiada por un hombre de mirada hosca, que dejaba pasar sólo a ciertos personajes. Llamó mi curiosidad por lo que di una vuelta y pasé nuevamente.
Por la puerta entreabierta y mientras el hombre que custodiaba hablaba hacia un costado con alguien, me asomé y pude ver que era un salón de fumar; pero no uno cualquiera porque lo que menos había allí era cigarrillos, ahí se ofrecía hashich, cocaína y marihuana. Como es de suponer, en esa fiesta no faltaba nada.
No había muchas posibilidades de bailar; los hombres locales estaban con sus señoras, por lo que algo bailamos con Cristóbal y dos de sus amigos. Realmente había tanto que observar, que bailar era lo último que me interesaba.
Me sentí cansada y subí a mi habitación, que era blanca y austera, con decoración simple basada en finos muebles de maderas nativas. Como un punto de color un gran cuadro sobre la cama mostraba la Medina, la más antigua de Marruecos, con sus callejuelas estrellas y sus puestos de comercios.
Un suave olor a jazmín me indujo rápidamente al sueño.
A la mañana siguiente me despertó muy temprano un sonido nunca oído, un canto monótono, mezcla de lamento con prédica, al que en unos segundos se sumaron muchas voces y muchos cantos.
Salí al balcón y miré hacia abajo, a las mezquitas, a la ciudad. Arriba de cada minarete había un hombre que cantaba. Por la cantidad de voces que se oían, supuse que había personas en toda la ciudad cantando al unísono. Eran oraciones a Alá, que correspondían a la hora de la salida del sol: recordé que estábamos en Fez, la ciudad Sagrada. La ciudad de las mil puertas.
Quise ducharme pero en el baño solo había lavamanos y wc, y eso que estábamos
en un palacio.
Me vestí y salí a buscar un café y una ducha, daba lo mismo el orden.
Caminé por el largo pasillo ya que el sentido común me decía que en ese piso estaban los baños.
Me crucé con una chica joven que caminaba rápidamente llevando toallas o algo parecido, por lo que le hice señas consultando por una ducha. Me indicó que la siguiera.
Entramos a un recinto enorme, al aire libre, con grandes piscinas, espacios para descansar, muchas mujeres desnudas, otras con toalla; y muchas otras con túnica para atendernos.
Pensé que había llegado al lugar perfecto, amo los spa, los masajes, los tratamientos para el cuerpo y el cabello. ¡Y aquí además alguien iba a bañarme!
Esperé en una silla muy cómoda que me asignaran a una persona, una chica jovencita que me trajo un té de menta y luego me acompañó a una de estas piscinas bajitas adonde me senté y ella me frotó con exfoliantes, me hizo masajes con jabones de aceite, me lavó el cabello y después de un masaje de henna me dejó al sol para descansar. ¡Nunca he tenido el cabello más bonito que después de ese tratamiento capilar!
Y así transcurrieron tres días con bailes y comida en todo momento, y estos baños maravillosos que nunca olvidaré.
Disfruté muchísimo con mis amigos y lentamente fui recuperando la alegría y mi estado natural, por lo que siento que ese corto viaje a Marruecos fue como el mejor de los tratamientos.
Cuando nos despedimos y salimos al aeropuerto, yo iba en silencio pensando que había presenciado un festejo que las personas de mi cultura pocas veces tendrían la oportunidad de ver.
Volví a Lima un mes después de mi supuesta boda, y por supuesto hubo recriminaciones por parte de la familia de mi ex novio, quienes no me perdonaron esa falta a la palabra dada y a todos los preparativos y organización del evento.
Hubo si un hecho simpático. Farid, mi admirador marroquí, envió a mi padre una carta solicitando formalmente mi mano y ofreciendo su propuesta para la dote matrimonial, en otras palabras su oferta de compra.
Tierras y propiedades, animales, acciones y bonos formaban el grueso de su proposición. Si mi padre aceptaba programarían una boda civil en Tánger más una boda religiosa en Lima, por respeto a mis creencias.
Ni una palabra para mí, yo no contaba en esa transacción.
Mi padre le contestó:
“Estimado señor Farid,
Agradezco sus intenciones, pero mi hija no forma parte de una cultura donde los matrimonios son un acuerdo.
Ella tiene la total libertad de elegir por amor con quien compartir su vida, y nosotros la respetamos a cabalidad.
Teniendo usted tanto que ofrecer, no me cabe duda que podrá encontrar una joven que comparta sus creencias y con quien pueda formar una familia.”
Luego de enviada la carta me dijo:
-Lo estuve pensando y no hubiera estado mal que te vendiera a ese marroquí. Habrías tenido un dueño que te controlara la personalidad y el exceso de independencia, ¿no te parece?
-Claro papá... lo que más lamento, es que te hayas perdido mi supuesta boda, que hubiera sido con una fiesta de tres días sacada de Las Mil y una Noches, como la que yo viví.

